pergamino

La biblioteca de Pérgamo y el pergamino

Posted on 23/07/2014 · Posted in Historia de la traducción

LA BIBLIOTECA 

Desde el año 282 hasta el 133 a C., durante el reinado de la dinastía de los Atálidas, Pérgamo destacó por su riqueza y su gran poder como imperio.

La ciudad fue construida en terrazas aprovechando la pronunciada falda de las colinas, buscando un trazado equilibrado que subrayara el contraste entre su hermosa arquitectura y los espacios abiertos.

La biblioteca se extendía hacia el norte, al nivel del primer piso de los pórticos, y comprendía varías dependencias en las que se recogieron manuscritos, volúmenes y obras de arte.

En el siglo II a C., el rey Atalo I Sóter fundó la biblioteca y su hijo Eumenes II la amplió convirtiéndola, a partir entonces, en la más grande y famosa de su tiempo, sólo superada por la de Alejandría. Mientras que la escuela de estudios gramaticales de ésta se especializaba en textos literarios y crítica gramatical, la de Pérgamo se inclinó hacia la filosofía, sobre todo la estoica. Su dedicación se orientó más hacia la lógica que hacia la filología.

La grandiosa biblioteca de Pérgamo, que llegó a acumular entre doscientos y trescientos mil volúmenes, subraya el papel de capital cultural que la ciudad había adquirido, hasta el punto de rivalizar con Alejandría, cuya biblioteca quedó destruida por el incendio del año 47 a C.

Según Plutarco, Marco Antonio habría ordenado el traslado de la biblioteca de Pérgamo a Alejandría como desagravio por la supuesta destrucción perpetrada por los romanos de su biblioteca. La biblioteca usurpada habría sido instalada en la nueva biblioteca alejandrina, más pequeña, hecha construir en el Serapeum por Ptolomeo II.

Adriano sería el heredero de la devoción helenística por las bibliotecas. Fue un gran mecenas de las mismas, entre otras la de Atenas.

EL PERGAMINO

Al contrario de lo habitual en Alejandría, es decir, el uso del papiro, Pérgamo utilizaba para sus volúmenes un material denominado pergamino, llamado así precisamente porque fue difundido y popularizado desde esta ciudad.

El pergamino se obtenía de pieles de animales a las que se sometía a un proceso que permitía la elaboración de unas hojas tersas y delgadas. Además de servir principalmente como soporte para la escritura, también se utilizó para otros usos como la encuadernación.

Su iniciación como objeto para la realización de la escritura se basa en una leyenda que nos cuenta Plinio el Viejo en su Historia Natural. Según ésta, la utilización de piel de animales para la confección de pergaminos se debió al temor de Ptolomeo V de Egipto a que la biblioteca de  Eumenes II superara los fondos de la suya. Ptolomeo, pues, ejerciendo su potestad como poseedor del monopolio estatal, ordenaría la supresión de la exportación de papiro. Eumenes, entonces, habría visto la solución a su carencia de este material con la implantación del pergamino como soporte para la escritura.

Sin embargo, las pieles de animales utilizadas para la escritura eran de uso común en Asia desde tiempo inmemorial. Es muy posible que lo que se consiguiera en Pérgamo fuera la mejora en la calidad, pero no su invención, y de ahí su denominación como pergamino.

No cabe duda de que la razón del prestigio y la fama que obtuvo el pergamino se encuentra en la ventaja que ofrecía con respecto al papiro. En primer lugar, la piel como materia prima no necesitaba su cultivo expreso en ningún lugar al ser de origen animal; además, era mayor su abundancia, era más duradera que el papiro y, a diferencia de éste, se podía utilizar por las dos caras. Por último, su uso propició la sustitución del rollo por el códice, compuesto por varias hojas unidas en forma de cuaderno.

Las voces membrana pergamena o pergamenum surgen después del edicto de Diocleciano de 301, ya que los clásicos latinos designaban al pergamino como membrana. En la Edad Media se denominó al  pergamino charta y, según el tipo de piel empleada para su obtención, charta vitulina, charta caprina, charta ovina y charta montonina.

La primera, charta vitulina o virginia, era un pergamino de lujo por su gran calidad, conseguida a partir de un minucioso tratamiento de la piel de los corderos recién nacidos.

El proceso para su obtención era el siguiente: una vez escogidas las pieles se maceraban en sal durante tres días, se les quitaba el pelo y los restos de carne con un cuchillo y se recortaban los bordes. Ya limpias se volvían a sumergir en sal; después, para su secado, se extendían sobre un bastidor y, una vez secas, se trataban con piedra pómez para conseguir una superficie uniforme y, para finalizar, se sumergían con greda.

No obstante, las calidades no eran siempre las mismas, fuese cual fuese el valor de las pieles que se usaban porque, debido al trabajo realizado sobre ellas, podían resultar más ásperas, porosas, negruzcas o de distinto color; todo dependía del cuidado en su elaboración. Hasta el siglo XIII su confección se realizaba en los escriptorios de los grandes monasterios.

Poseemos pruebas, como algún fragmento y testimonios literarios, que nos confirman su uso en el período clásico de Roma. Sin embargo, los manuscritos que nos quedan no se remontan más allá del siglo IV y los documentos no exceden del año 670.

Aunque el pergamino continuó usándose durante la Edad Media, casi sin rivales, con la aparición del papel y de la imprenta su uso fue sólo reservado a documentos. Por lo demás, desapareció en la edición de libros.

Los codices porpurei eran manuscritos sobre pergamino teñido de púrpura. También existían otros recubiertos de azul oscuro. Se escribía sobre ellos con tinta de oro o de plata sobre la púrpura y con tinta blanca o rosada sobre el azul. Pero de estos códices tan lujosos se elaboraron pocos a lo largo de la Edad Media.

Los palimpsestos o códices rescripti fueron la forma, durante la Edad Media, de aprovechar los pergaminos escritos para volverlos a utilizar borrando lo escrito con anterioridad. El proceso era el siguiente: se borraba lo escrito bañando los folios en leche y, luego, se frotaban con una esponja. A continuación se dejaban secar y, una vez secos, se frotaban de nuevo, ahora con piedra pómez, tratando de eliminar por completo todo vestigio de lo escrito con anterioridad. Una vez conseguido esto se adaptaba al nuevo uso que se le quisiera dar.

Lo escrito en los palimpsestos medievales pudo rescatarse a partir del siglo XIX cuando se encontró el método para su recuperación, que así pudo leerse.

R.M.M. Jordán
Historiador